Testimonio de vida
María Celis Yuit Canché, novicia
Yo venía de una familia creyente entre comillas, sólo dos veces al año iba a misa.
Tenía 9 años cuando le pedí a mi mamá ir al Catecismo anhelaba hacer mi primera comunión, estaba muy ilusionada, me sentía feliz. Se lo dije a mi mamá y primero se molestó mucho, me dijo “que es perder el tiempo nada más y andar en la calle, que eso hacían los que iban al Catecismo, porque no tenían nada que hacer”.
Después del no de mi mamá, aquella semilla que despertó siguió en le fondo de mi corazón y alimentaba la esperanza de hacerlo algún día y conocer a Dios.
Para eso, primero tenía que ir a trabajar a la Ciudad de Mérida y tenía que terminar la primaria antes de irme.
Así fue como empezó la aventura de salir del pueblo de Uayalcéh. La desilusión de la vida, el odio y el dolor me habían vuelto dura de corazón
Olvidé la esperanza de hacer mi primera comunión hasta que a los 14 años, cuando al asistir a una celebración de acción de gracias por los quince años de una amiga renació en mí la ilusión de celebrar una misa también por mis quince años…
Les pedí a mis papás, aunque estaban divorciados, como regalo de 15 años el que asistieran a esa misa que yo quería festejar.
Fui a ver a mi papá y también a mi mamá para que fueran a la Misa los dos, y ninguno quiso ir. Al contrario se enojaron mucho. Y mi Papá me dijo que el dinero que iba a gastar, mejor lo invirtiera en un negocio, que gastarlo en misas.
Me dolió mucho su actitud porque no les estaba pidiendo dinero, sólo su presencia en ese momento. Así que no celebré nada y el dinero lo regalé a una señora necesitada porque tenía a su hija enferma.
Aún seguía dentro de mí el deseo de buscar a Dios, estaba encendido dentro de mí como una luz pequeña queriéndose apagar… un día sentí el impulso de entrar a una iglesia, ese fue un día maravilloso en que me encontré con la Virgen María… me sentí amada por Ella. Su ternura y su pureza envolvían todo mi ser, era algo maravilloso, mi corazón latía de paz y felicidad que no cabían en mi pecho. Ese momento cambió todo. Ella volvió a darme vida de nuevo, volví a ser una nueva criatura, porque me había vuelto un muerto viviente.
Así fue como empecé a ir a Misa los domingos… Más tarde me fui a Cancún, allí conocí el Apostolado de la Cruz, e ingresé a una comunidad.
Fueron momentos difíciles porque yo no conocía nada de evangelización, ni siquiera del catecismo puesto que nunca fui. Era ignorante, no conocía la Palabra de Dios. Para mí todo era nuevo, no entendía nada, era como si me hablaran en otro idioma.
Así duré más de un año, hasta que le pedí a Nuestro Señor la luz del Espíritu Santo que me iluminara y abriera mi entendimiento y me concediera el don de sabiduría para saborear su palabra…
A pesar de que eran momentos difíciles, lo único que tenía en ese momento era la seguridad que mi lugar era allí en el apostolado. Sentía una fuerte atracción por la Cruz del Apostolado, especialmente por el Corazón palpitante y vivo de Jesús, me sentía identificada con ella, aunque no entendía mucho su significado.
Fue poco a poco como fui entendiendo, fue un proceso largo y doloroso. El Señor me regaló la perseverancia y la paciencia, su gracia me sostuvo en esos momentos. Y me dotó de regalos para responder al llamado, y para poder realizar la misión que me había confiado en ese momento.
Mi sí al Señor fue en mi entrega diaria, en el dar todo sin guardar nada para mí.
Fui muy feliz, aún en medio de las pruebas y obstáculos de la vida.
Más tarde descubrí que la vocación que me había regalado el Señor era ser religiosa de la Cruz. Esto sucedió de la siguiente manera.
Un día me regalaron una tarjeta que decía que la vocación es un regalo que hace Dios a cada persona. En esa ocasión hablaba de la vocación matrimonial, eso me cuestionó mucho, me llevó a preguntarme cuál era mi vocación y lugar en el mundo. Empecé a buscar, ya no volví a ser la misma, algo cambió en mí. Hasta que un día fui a un retiro en plena navidad en la ciudad de Mérida.
Al entrar al convento algo me llamaba con una fuerza que no podía resistir, era una atracción fuerte. Al llegar a la Capilla me encontré con Nuestro Señor expuesto, allí me robó el corazón…. desde ese momento le dije sí dentro de mí… y se quedó mi corazón con El.
Había encontrado mi lugar, Dios me llamaba, me escogía sin merecerlo, me invitaba a estar con El toda la vida y acompañarlo supe que allí iba a gastar toda mi vida.
Pero el Señor tenía que educarme, corregirme, prepararme para esa vocación. Ahora veo que el apostolado de la cruz fue un medio o instrumento que utilizó sabiamente el Señor.
El 30 de enero entré con las Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús, ya tengo 3 años de vivir en constante presencia de Jesús.
Estoy viviendo en el Noviciado de Tilarán, Costa Rica y soy novicia de primer año.
Tilarán, 08 de Febrero de 2008